Brasil, 1977: anatomía de una impunidad

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“El agente secreto”, de Kleber Mendonça Filho, se abre con una escena que fija de inmediato la temperatura moral de un país, Brasil, y su época. “Marcelo”, nombre falso que utiliza el protagonista (Wagner Moura), viaja desde São Paulo hacia Recife en un “escarabajo”. Un viaje de tres días. En una estación de servicio rutera en la que se detiene a cargar nafta, observa, a un lado, un cadáver cubierto con cartones. Las moscas vuelan por encima, los perros quieren comerlo.

El empleado de la estación le reconoce que era un ladrón al que él mismo mató, pero que la policía se demora en llegar. Una patrulla aparece en ese momento, pero ni siquiera tratan de identificar el cadáver. Lo único que buscan los oficiales es algún soborno. Esa brutal escena inicial, casi existencialista, es el principio organizador del film.

La acción transcurre durante el carnaval de 1977, tiempos de la dictadura del general Ernesto Geisel. El carnaval no es un mero telón de fondo, sino que se integra a la lógica del relato; en esos días descontrolados, el número de muertos supera los cien, dato que hasta hace reír al jefe policial de Recife.

“Marcelo” no es un militante en fuga ni un héroe de la resistencia; es un profesor universitario cuyo centro de estudios y producción tecnológica fue cerrado años atrás por un empresario vinculado al régimen, y que buscaba enriquecerse con los descubrimientos en curso, en especial la novedosa utilización del litio. La esposa de “Marcelo”, Fátima, que había insultado públicamente a ese empresario, murió poco después de una sospechosa “neumonía”.

En Recife vive su pequeño hijo con los abuelos maternos, y allí funciona una casa para refugiados comandada por Elza (Maria Fernanda Cândido), quien sabe que la vida del profesor corre peligro: le ofrece pasaportes falsos y le aconseja abandonar de inmediato el país con el niño.

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Los refugiados en la casa de Recife en una escena de «El agente secreto», de Kleber Mendonça Filho.

Originalidad

“El agente secreto”, a pesar de la época en que transcurre y algunos guiños al cine contra las dictaduras, nunca se presenta como un drama de persecución en sentido clásico. No hay operativos ni un duelo frontal entre aparato represivo y resistencia. Lo que Mendonça construye es un thriller donde los intereses económicos, las lealtades privadas y las estructuras estatales se superponen hasta volverse indistinguibles.

El empresario que arruinó la vida académica de “Marcelo” no actúa sólo como brazo civil del régimen; es parte de una red donde lo público y lo privado se confunden. En ese entramado criminal, las fuerzas no obedecen a una ideología sino a conveniencias, negocios, ajustes de cuentas, empleo de sicarios. La dictadura, la ausencia de ley y la corrupción constituyen el clima en que prospera, pero no organizan el conflicto en términos binarios.

En este punto la comparación con buena parte del cine argentino sobre los años de plomo resulta inevitable. En la tradición fílmica argentina, el esquema suele articularse en dos bandos reconocibles, militantes y militares. En “El agente secreto” el formato es diferente. No se trata de dos campos enfrentados sino de una red de intereses donde inclusive pueden producirse bajas dentro del propio dispositivo represivo. La violencia no es únicamente vertical; es también lateral. Esa perspectiva no relativiza la responsabilidad histórica del régimen, pero sí vuelve más complejo el mapa de las complicidades.

La estructura narrativa acompaña esa concepción. El guion elude la linealidad clásica sin recurrir a una fragmentación caprichosa. La información no se administra como un secreto que estalla en el tercer acto, sino como una serie de capas que se van superponiendo. Sabemos desde temprano que “Marcelo” oculta algo, pero ignoramos el sentido último de su fuga.

El film avanza mediante escenas que parecen autónomas y que sólo más tarde se articulan. Cuando, muy avanzada la historia, sabemos que los hechos están siendo revisados desde el presente por una estudiante universitaria que accedió a cassettes clasificados (las conversaciones entre Elza y “Marcelo”), el relato adquiere otra dimensión. Lo visto no era el pasado en bruto, sino el pasado sometido a una pesquisa.

En ese juego de espejos, la actuación de Wagner Moura resulta decisiva. Su doble composición —padre e hijo, en tiempos distintos— trabaja en registros contenidos, modificando apenas la entonación o la postura corporal para marcar diferencias generacionales. El desdoblamiento es una forma de materializar la transmisión de una herencia traumática (también “Marcelo” buscaba investigar el paradero de su propia madre). Cuando la investigación en el presente resignifica los acontecimientos, la figura del hijo ilumina retrospectivamente al padre, y viceversa.

La reconstrucción de época es otro de los puntos fuertes. El Recife carnavalesco, atravesado por música y cadáveres, y el São Paulo universitario clausurado por intereses empresariales componen un fresco preciso de 1977. La ambientación funciona como marco de una lógica social donde la impunidad es norma. Aun la breve aparición del actor alemán Udo Kier —su último trabajo antes de morir— se integra con sobriedad a ese universo opaco, como si el film absorbiera presencias diversas en su tejido de complicidades.

El recorrido internacional de la película confirma su alcance. Estrenada en el Festival de Cannes 2025, donde obtuvo cuatro premios —entre ellos mejor director y actor—, llega a la temporada del Oscar con cuatro candidaturas. Más allá de la competencia, su importancia radica en la manera en que se inscribe en el cine brasileño contemporáneo. En un contexto de tensiones políticas y fragilidad institucional, la obra de Mendonça reafirma que es posible articular ambición formal y lectura histórica sin didactismos ni simplificaciones.

“El agente secreto” propone, en definitiva, una experiencia menos orientada a confirmar certezas que a desestabilizarlas. Bajo la música del carnaval y el ruido de la ciudad, circula una pregunta sobre la responsabilidad y la memoria. El film no ofrece consuelos ni moralejas explícitas; prefiere dejar al espectador ante un archivo abierto, consciente de que toda reconstrucción del pasado es también una forma de intervenir en el presente.

“El agente secreto” (“O agente secreto”, Brasil, 2025), Dir.: Kleber Mendonça Filho. Int.: Wagner Moura, Tânia Maria, Enzo Nunes, Maria Fernanda Cândido, Udo Kier.

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