Era público que el presidente Juan Domingo Perón estaba enojado por el fracaso de la tregua que le había propuesto a la oposición. Pero quizá ni los propios esperaban un discurso tan furioso. El último día de agosto de 1955, el general salió por última vez al balcón de la Casa Rosada antes de su largo exilio. Exactamente a las 18.37 arrancó a hablar. Unos minutos después llegaron unas frases verdaderamente explosivas.
El inicio de los hechos que llevaron hasta ese día y ese discurso, había que ubicarlo un mes y medio atrás, cuando se había producido uno de los sucesos más horrendos que vivió la historia argentina del Siglo XX: la masacre cometida por aviadores de la Marina al arrojar toneladas de bombas sobre la Casa Rosada y la población civil, el 16 de junio. Aquella jornada hubo más 300 muertos.
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Después de ese día de horror, Perón eligió la opción de enfríar el ambiente. Sacó del gobierno a algunos ministros urticantes para la oposición y tomó una serie de medidas de apertura política, como la elaboración de un documento con 21 puntos para la pacificación. En un discurso exculpó a los “partidos políticos populares” de los hechos luctuosos y mencionó solo a algunos personajes puntuales. En otro, dijo que había dejado de ser “el jefe de una revolución” para pasar a ser “el presidente de todos los argentinos”.
El clima no duró. Ya al día siguiente de los bombardeos fue detenido Juan Ingalinella, un médico rosarino de militancia comunista. Un mes y 10 días después se supo que había muerto “como consecuencia un síncope cardíaco durante el interrogatorio en el que era violentado por empleados de la Sección Orden Social y Leyes Especiales”.
El permiso para que el lider radical Arturo Frondizi diera un discurso por radio fue un gesto de apertura que se concretó. Pero mientras, desde el lado opositor, seguían accionando: hubo serias agresiones a policías que vigilaban las calles en barrios.
Finalmente el Gobierno anunció que daba por terminada la tregua. El 15 de agosto la Policía denunció que existía un complot para matar a Perón. El panorama había retrocedido a los casilleros anteriores.
Las últimas horas de agosto fueron la bisagra. Perón publicó en los diarios oficialistas un discurso donde mencionaba su “retiro”. No era lo mismo que una renuncia, pero empujó el operativo clamor de la CGT, que convocó a la Plaza de Mayo .En la tarde del 31, el presidente salió al balcón de la Rosada. Fue la última vez en esa etapa. Volvería en 1973.
Esa tarde del 31 de agosto de 1955, Perón cumplió con su rito inalterable y durmió la siesta. Cuando se levantó, no estaba de buen humor, según los testigos. Oscar Albrieu, el ministro del interior moderado que el general había elegido para gestionar la pacificación, contó años después que lo vio especialmente «chinchudo«. Desvirtuada su misión, Albrieu presentó su renuncia depués de escuchar el discurso que en ese momento se estaba por producir, pero siguió en el cargo hasta el final del gobierno.
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El acto empezó a las cinco. Primero habló Héctor Hugo Di Pietro, jefe de la CGT. Después habló Delia de Parodi, la presidenta de la rama femenina del Partido Justicialista. Pero todos querían que apareciera Perón. Le pegó unas pitadas al cigarrillo antes de enfrentar a la multitud. No solía fumar en publico y en el entorno lo vieron como una señal de nerviosismo.
El discurso de Perón fue feroz. Dijo que la oposición no había entendido su mensaje de conciliación. «No quieren la pacificación que les hemos ofrecido«, sintetizó.
Las frases siguientes hablan por sí solas:
«A la violencia le hemos de contestar con una violencia mayor.»
«Con nuestra tolerancia exagerada nos hemos ganado el derecho de reprimirlos violentamente.»
«Establecemos como una conducta permanente para nuestro movimiento: aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas, o en contra de la ley o de la Constitución, puede ser muerto por cualquier argentino.»
«…la economía de la Nación y el trabajo argentino imponen la necesidad de la paz y de la tranquilidad. Y eso lo hemos de conseguir persuadiendo, y si no, a palos.»
Por fin, lanzó:
«¡Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los ellos!”.
Para ese entonces, la conspiración para terminar con el Gobierno ya encaraba su fase final.
El discurso completo de Juan Domingo Perón el 31 de agosto de 1955
Compañeras y compañeros:
He querido llegar hasta este balcón, ya para nosotros tan memorable, para dirigirles la palabra en un momento de la vida pública y de mi vida, tan trascendental y tan importante, porque quiero de viva voz llegar al corazón de cada uno de los argentinos que me escuchan. Nosotros representamos un movimiento nacional cuyos objetivos son bien claros y cuyas acciones son bien determinadas, y nadie, honestamente, podrá afirmar con fundamento que tenemos intenciones o designios inconfesables.
Hace poco tiempo esta Plaza de Mayo ha sido testigo de una infamia más de los enemigos del pueblo. Doscientos inocentes han pagado con su vida la situación de esa infamia. Todavía nuestra inmensa paciencia y nuestra extraordinaria tolerancia, hicieron que no solamente silenciáramos tan tremenda afrenta al pueblo y a la nacionalidad, sino que nos mordiéramos y tomáramos una actitud pacífica y tranquila frente a esa infamia. Esos doscientos cadáveres destrozados fueron un holocausto más que el pueblo ofreció a la patria. Pero esperábamos ser comprendidos, aun por los traidores, ofreciendo nuestro perdón a esa traición.
Pero se ha visto que hay gente que ni aún reconoce los gestos y la grandeza de los demás. Después de producidos esos hechos hemos ofrecido a los propios victimarios nuestra mano y nuestra paz. Hemos ofrecido una posibilidad de que esos hombres se reconcilien con su propia conciencia. ¿Cuál ha sido su respuesta? Hemos vivido dos meses en una tregua que ellos han roto con actos violentos, aunque esporádicos e inoperantes. Pero ello demuestra su voluntad criminal. Han contestado los dirigentes políticos con discursos tan superficiales como insolentes. Los instigadores, con su hipocresía de siempre, sus rumores y sus panfletos. Y los ejecutores, tiroteando a los pobres vigilantes en las calles
La contestación para nosotros es bien clara: no quieren la pacificación que le hemos ofrecido. De esto surge una conclusión bien clara: quedan solamente dos caminos: para el gobierno, una represión ajustada a los procedimientos subversivos, y para el pueblo, una acción y una lucha que condigan con la violencia a que quieren llevarlo.
Por eso, yo contesto a esta presencia popular con las mismas palabras del 45: a la violencia le hemos de contestar con una violencia mayor. Con nuestra tolerancia exagerada nos hemos ganado el derecho de reprimirlos violentamente. Y desde ya, establecemos como una conducta permanente para nuestro movimiento: aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas, o en contra de la ley o de la Constitución, puede ser muerto por cualquier argentino.
Esta conducta que ha de seguir todo peronista no solamente va dirigida contra los que ejecutan, sino también contra los que conspiren o inciten. Hemos de restablecer la tranquilidad, entre el gobierno, sus instituciones y el pueblo por la acción del gobierno, de las instituciones y del pueblo mismo. La consigna para todo peronista, esté aislado o dentro de una organización, es contestar a una acción violenta con otra más violenta. ¡Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos! Compañeras y compañeros: hemos dado suficientes pruebas de nuestra prudencia.
Daremos ahora suficientes pruebas de nuestra energía. Que cada uno sepa que donde esté un peronista estará una trinchera que defienda los derechos de un pueblo. Y que sepan, también, que hemos de defender los derechos y las conquistas del pueblo argentino, aunque tengamos que terminar con todos ellos. Compañeros: quiero terminar estas palabras recordando a todos ustedes y a todo el pueblo argentino que el dilema es bien claro: o luchamos y vencemos para consolidar las conquistas alcanzadas, o la oligarquía las va a destrozar al final.
Ellos buscarán diversos pretextos. Habrá razones de libertad de justicia, de religión, o de cualquier otra cosa, que ellos pondrán como escudo para alcanzar los objetivos que persiguen. Pero una sola cosa es lo que ellos buscan: retroceder la situación a 1943. Para que ello no suceda estaremos todos nosotros para oponer a la infamia, a la insidia y a la traición de sus voluntades nuestros pechos y nuestras voluntades. Hemos ofrecido la paz. No la han querido. Ahora, hemos de ofrecerles la lucha, y ellos saben que cuando nosotros nos decidimos a luchar, luchamos hasta el final. Que cada uno de ustedes recuerde que ahora la palabra es la lucha, se la vamos a hacer en todas partes y en todo lugar. Y también que sepan que esta lucha que iniciamos no ha de terminar hasta que no los hayamos aniquilado y aplastado.
Y ahora, compañeros, he de decir, por fin, que ya he de retirar la nota que he pasado, pero he de poner al pueblo una condición: que así como antes no me cansé de reclamar prudencia y de aconsejar calma y tranquilidad, ahora les digo que cada uno se prepare de la mejor manera para luchar. Tenemos para esa lucha el arma más poderosa, que es la razón; y tenemos también para consolidar esa arma poderosa, la ley en nuestras manos. Hemos de imponer calma a cualquier precio, y para eso es que necesito la colaboración del pueblo. Lo ha dicho esta misma tarde el compañero De Pietro: nuestra nación necesita paz y tranquilidad para el trabajo, porque la economía de la Nación y el trabajo argentino imponen la necesidad de la paz y de la tranquilidad. Y eso lo hemos de conseguir persuadiendo, y si no, a palos.
Compañeros: nuestra patria, para ser lo que es, ha debido ser sometida muchas veces a un sacrificio. Nosotros, por su grandeza, hemos de imponernos en cualquier acción, y hemos de imponernos cualquier sacrificio para lograrlo. Veremos si con esta demostración nuestros adversarios y nuestros enemigos comprenden. Si no lo hacen, ¡pobres de ellos! Pueblo y gobierno, hemos de tomar las medidas necesarias para reprimir con la mayor energía todo intento de alteración del orden. Pero yo pido al pueblo que sea él también un custodio. Si cree que lo puede hacer, que tome las medidas más violentas contra los alteradores del orden.
Este es el último llamamiento y la última advertencia que hacemos a los enemigos del pueblo. Después de hoy, han de venir acciones y no palabras. Compañeros: para terminar quiero recordar a cada uno de ustedes que hoy comienza para todos nosotros una nueva vigilia en armas. Cada uno de nosotros debe considerar que la causa del pueblo está sobre nuestros hombros, y ofrecer todos los días, en todos los actos, la decisión necesaria para salvar esa causa del pueblo.
LT